Cuando el agua también habla de salud y bienestar

Cuando el agua también habla de salud y bienestar

Cuando hablamos de agua, solemos pensar en consumo, sequía, abastecimiento o conservación de los ecosistemas. Sin embargo, existe otra dimensión menos visible: la relación entre el agua, nuestra salud mental y nuestro bienestar.

El agua está presente en muchos de los espacios en los que buscamos desconectar: playas, ríos, lagos, humedales o incluso parques y espacios urbanos asociados al agua. Estos entornos, conocidos como “espacios azules”, pueden favorecer la relajación, la actividad física, la conexión social y el contacto con la naturaleza.

Pero la relación funciona también en sentido contrario. Cuando el agua escasea, sus efectos no son únicamente ambientales o económicos. La incertidumbre sobre un recurso esencial también puede convertirse en una fuente de estrés.

Cuando la sequía también pesa sobre la salud mental

Uno de los ejemplos más claros se encuentra en las comunidades agrícolas. Durante la sequía del Murray-Darling Basin, en Australia, diferentes investigaciones analizaron durante años la relación entre la escasez de agua y la salud mental de los agricultores. Los resultados mostraron que la reducción de las precipitaciones, las bajas asignaciones de agua y las temperaturas superiores a 32 ºC estaban asociadas con un peor estado de salud mental. El impacto era especialmente importante cuando la sequía se traducía también en pérdidas económicas.

En España, la exposición de las poblaciones más vulnerables a las olas de calor se ha triplicado en las últimas décadas, mientras que la mortalidad asociada a las altas temperaturas ha aumentado un 35%. El calor extremo puede agravar enfermedades crónicas, afectar a la salud mental, incrementar los riesgos durante el embarazo y añadir presión a unos sistemas sanitarios ya tensionados.

A estos efectos se suman los impactos sobre la salud derivados de sequías, tormentas extremas, inundaciones e incendios forestales, así como unas condiciones cada vez más favorables para la propagación de enfermedades

infecciosas como el dengue o el virus del Nilo Occidental. En este contexto, el cambio climático se consolida como un multiplicador de riesgos para la salud.

Estos casos muestran que la escasez hídrica no afecta únicamente a la disponibilidad de agua: puede afectar también a la sensación de seguridad, estabilidad y futuro de quienes dependen de ella.

El agua como espacio de bienestar

Frente a esta cara de la crisis hídrica encontramos otra relación: la capacidad de los entornos acuáticos para contribuir al bienestar. Pasear junto al mar, sentarse cerca de un río, practicar deporte en el agua o simplemente contemplar un paisaje acuático son actividades que combinan naturaleza, movimiento y desconexión. Diferentes investigaciones sobre los llamados espacios azules han encontrado asociaciones entre su exposición y determinados indicadores de bienestar y salud mental.

Esta perspectiva resulta especialmente interesante en las ciudades. Frente a temperaturas cada vez más elevadas y una creciente presión sobre los espacios urbanos, recuperar ríos, proteger humedales, crear zonas verdes vinculadas al agua o diseñar espacios públicos capaces de ofrecer refugio frente al calor puede aportar beneficios ambientales y sociales.

El agua tiene, por tanto, una doble relación con nuestra salud. Su ausencia puede generar incertidumbre y estrés, mientras que su presencia en entornos naturales y urbanos puede contribuir a crear espacios de descanso, actividad y conexión.

Esta mirada amplía la conversación sobre el agua. Gestionarla de forma sostenible no significa únicamente garantizar que tengamos suficiente para beber, producir o mantener nuestros ecosistemas. Significa también preservar los lugares que forman parte de nuestra vida cotidiana y que contribuyen a que nuestras ciudades y territorios sean más habitables.

Porque cuando hablamos de agua, hablamos de mucho más que de un recurso. Hablamos de ecosistemas, de comunidades y también de bienestar.

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